´Quilla´ es nuestra casa
- Por: Ulises Redondo C.
- 5 jun 2017
- 4 Min. de lectura

La Tierra es la casa de la naturaleza. La naturaleza es la casa del hombre y la ciudad es la casa del ciudadano.
El espacio geográfico más limitado es la casa particular, el bien inmueble privado. El lugar más confortable y cálido, en donde nos sentimos protegidos, cobijados. Ese lugar, la mayoría de las veces lo dotamos, ornamentamos, lo equipamos, creamos el ambiente que consideremos más agradable para nuestra vista, oídos, tacto. La casa es nuestro refugio y lecho para el descanso, donde “almacenamos” los mejores recuerdos, la cueva de nuestras emociones, el seno material que fortalece nuestros sueños, esperanzas, autoestima.
La casa nos da identidad, status, aceptación social, pertenencia a una sociedad. Por eso protegemos ese techo finito bajo el techo infinito, lo amamos, lo cuidamos. La casa y el empleo son las anclas más valiosas que nos arraigan a una organización social. Son el pasaporte más seguro para pertenecer a la urbe y deambular por ella.
Entre tanto, la ciudad es el espacio geográfico donde asentamos nuestro ser y haber. Así como nos fundimos con nuestra propia casa en un solo sentimiento de bienestar y la convertimos en un lugar casi inexpugnable, infranqueable para los actos contrarios a nuestra moral, defendiéndola de propios y extraños, así mismo deberíamos defender nuestra gran casona, nuestra urbe, la ciudad que nos amamanta y nos cobija, donde está todo lo que necesitamos y lo que amamos.
Por supuesto que hay contratiempos, obstáculos. Al fin, la ciudad es apenas un Paraíso en obra negra. El encuentro privilegiado o convivencia armónica entre gobernados y gobernantes puede resultar dicotómico, ambiguo. Ese binomio tiene falencias a la hora de ejercitar los derechos y deberes de unos y otros. Se puede romper la relación dialéctica mandato-obediencia. Los primeros para proveer de los recursos en materia de servicios que satisfagan necesidades y de parte de los otros el deber de hacer uso correcto de los mismos. Aun si los recursos fueran insuficientes, la toma conciencia relacionada con sentidos de identidad y pertenencia deberían primar para la conservación de lo poco o mucho que tengamos.
Sin embargo persiste como herencia maldita la falta de cultura ciudadana que creció y se desarrolló en las grandes urbes como hierba mala, consecuencia de la Época de la Violencia, años 20 y 30, hacia adelante que produjo la oleada de migraciones de campesinos desplazados que iniciaron el proceso de urbanización. Para entonces y ante el nuevo reto, las ciudades trataron de satisfacer las necesidades básicas de la población, establecer las condiciones mínimas de inmediación, estar cerca del consumidor y proveer los servicios públicos.
El territorio colombiano tuvo una profunda transformación en el siglo XX: con un proceso masivo de urbanización en el que las regiones del país crecieron alrededor de los departamentos de Atlántico, Bogotá, Valle y Antioquia, y sus capitales fueron los centros naturales en torno a los cuales se desarrollaron las principales actividades económicas, sociales y político administrativas del país en los años sesenta.
Colombia pasó de ser un país rural a uno predominantemente urbano. En el censo de 1938, la población urbana era menos de la mitad de la población del país y, en 1993, casi el 30% vivía en la zona rural. Fue en la década de 1960 cuando el país realizó su transición de mayoría rural a mayoría urbana.
La ignorancia y falta de hábitos culturales se constituye aún en rescoldo insuperable. Las poblaciones venidas del campo ignoraban los adelantos científico-técnicos que heredamos de la modernidad y, además, no eran usuarios de la incipiente pero ya existente infraestructura urbana, tales como: redes de electricidad; redes de agua potable y desagüe, para solo mencionar unos cuantos, y su equipamiento complementario. Pero el problema de la incultura urbana se le añadió otro: los migrantes se asentaron por necesidad y obligación en sectores o zonas excluidas del progreso habida cuenta que los problemas superaban las soluciones.
A pesar que hay cosas, cuestiones o situaciones que nunca terminan de morir y otras tantas que nunca terminan por nacer, nunca habrá razones suficientes para destruir o quemar la ciudad. Barranquilla es patrimonio material, producto del esfuerzo de varias generaciones que clavaron sus destinos en este terruño. La esquina universal de nuestros bisabuelos y abuelos. Aquí se enamoraron, conformaron familias, y retoñaron descendientes. ´Quilla´, al igual que otras ciudades es la ecuación emocional que no entendemos pero que unas veces nos llama con cariño y otras nos hechiza con su singular jolgorio y hospitalidad plural. Esa es nuestra ´Quilla´ donde surgió nuestro ser y la que, algún día, guardará en secreto nuestra nada individual.
Lo expresó Aristóteles en su libro: La política: “Ciudad es un concepto moral, no demográfico, geográfico o ecológico”.
Definitivamente uno de los grandes problemas que tienen nuestras ciudades y que si se le pone atención podría ayudar en la solución de serias dificultades que tenemos, es la falta de cultura ciudadana. La cultura ciudadana, se podría definir como un sentimiento homogéneo de pertenencia por la ciudad, basada en el civismo, la solidaridad, la tolerancia, el respeto y la convivencia pacífica. Nuestra ciudad sería mucho mejor y más vivible si todos nosotros pusiéramos en práctica estos elementos, porque muchos de los conflictos y problemas que vivimos se generan por falta de cultura ciudadana.
Arrojar basuras a los arroyos, a las calles; no sacar la basura en horarios establecidos para que el servicio de aseo haga la recolección y disposición final; irrespetar las señales de tránsito; agredir y dañar el sistema Transmetro, “usurpar” el espacio público; hacer necesidades fisiológica en la vía pública, refleja la falta de cultura ciudadana.
Aún persiste la brecha entre necesidades insatisfechas y expectativas por mejores servicios. No obstante, quien no cuida su casa es como si no viviera en ella.





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