Barras bravas: una minoría de delincuentes se apoderó de los estadios
- Por: Ulises Redondo C.
- 27 abr 2017
- 4 Min. de lectura

La delincuencia se apoderó de los escenarios donde se desarrolla la liga profesional del fútbol. Se les denomina eufemísticamente: barras de seguidores, barras de aficionados, barrismo social, pero en realidad son una minoría de delincuentes que “trafican con la influencia” que los “avala” como “fervientes” hinchas.
Sí, trafican con el imaginario colectivo, es decir con el sentimiento de cariño que despierta un club profesional del fútbol al representar los “intereses” colectivos afectivos de una región. Un equipo profesional del fútbol de cualquier rincón del mundo puede proyectarse como portaestandarte de la idiosincrasia del terruño de un país. Y puede constituir, en el peor de los casos una especie de religión del ícono mediante la cual los símbolos del club, incluyendo a sus jugadores son adorados como fetiches. Símbolos y jugadores “endiosados” y catapultados como héroes del sentimiento popular, pueden constituir una bomba de tiempo en manos de los “terroristas” que van religiosamente a los estadios vestidos con la indumentaria que identifica al club deportivo.
Trasladan la violencia del barrio a los estadios y ahuyentan a los aficionados, vulnerando el derecho que tienen estos al sano entretenimiento. Hay que empezar por diferenciar a los aficionados de los fanáticos y a estos de las barras bravas. Aficionado es aquel que opta por seguir a un equipo de futbol porque encuentra allí su lugar de esparcimiento; lo hace racionalmente, sin paciones; generalmente su cerebro y en especial el sentido óptico son seducidos por la estética: suma del ingenio y plasticidad de movimientos individuales y colectivos de los jugadores en el campo. Fanático es aquel que defiende a ultranza, creencias, mitos, símbolos o íconos de manera irracional, apasionadamente, sin importar que su defensa incondicional sea por algo o alguien que represente el mal, lo anti ético y lo anti estético.
En cambio, las barras bravas están conformadas por una minoría de delincuentes que asumen arbitrariamente el rol de “fanáticos”. Esta cofradía delincuencial es manejada por un puñado de “líderes” negativos, “líderes” tóxicos que explotan el irracionalismo de aquellos fanáticos que no pertenecen a estos guetos del odio, el resentimiento y la desadaptación social.
Se disfrazan de aficionados y van a los escenarios deportivos pero no disfrutan del espectáculo. Los he visto de espaldas a la cancha, pero de frente a sus “seguidores” para incitar la violencia.
¿Quién les pidió que defendieran los símbolos del club deportivo, más allá de los espacios donde se compite deportivamente?
Hace falta una masiva campaña de pedagogía deportiva dirigida desde los medios masivos de comunicación, por periodistas que no sean incendiarios de la opinión y que enseñen los conceptos de la sana competencia deportiva originada en la antigua Grecia. El deporte es una competición desarrollada en el marco del entretenimiento y no de la guerra. El deporte es el arte de la diversión, la guerra es el artilugio de la política, su brazo armado. En el deporte no se ganan elecciones ni se conquistan territorios ajenos para repartir el botín entre los victoriosos. Así pues en el deporte no se gana a costa de lo que sea. Ganar como sea en el fútbol equivale a ganar con trampas, significa presionar y agredir extra futbolísticamente desde los medios de comunicación y desde las tribunas al equipo contrario. Ganar con trampas es sobornar al árbitro para que decida favorablemente un resultado en favor de uno u otro equipo. La trampa dejémosela a la política y a la guerra.
¿Qué hay detrás de las barras bravas? ¿Cuál es su verdadero interés? ¿Qué o quienes las sostienen económicamente? ¿Por qué tienen tanto poder?
¡Lo que faltaba!... Ahora el aparato armado del Estado debe actuar como árbitro para controlar a las barras bravas e impedir que no atenten contra el espectáculo deportivo, como si el estado se lucrara de él.
El esfuerzo denodado debe estar dirigido a la prevención de la violencia en los estadios provocada por una minoría de delincuentes que se denominan eufemísticamente: barras bravas.
La ley 1270 de 2009 le entrega facultades al Gobierno Nacional para coadyuvar a que los organizadores de la liga profesional, A y B, diseñen y promuevan los mecanismos necesarios para conformar y alimentar periódicamente un sistema de información actual y veraz de los miembros de las barras.
Por su parte, el club deberá entregar una credencial o carné numerado, individual e intransferible, que contenga los citados datos y una fotografía reciente, y que, en la medida de lo posible, dificulte su adulteración. Ese sistema de información debe contener los datos de aquellas personas que han cometido o provocado actos violentos o que hayan alterado la convivencia dentro de los escenarios deportivos destinados a la práctica de fútbol o en su entorno.
So facultades para diseñar los protocolos que se deben cumplir para que los organizadores de este espectáculo y las autoridades competentes puedan tomar medidas sobre restricciones de acceso y exclusiones, temporales o definitivas, de aficionados.
Para atender las necesidades en materia de seguridad que demanda un juego de fútbol de alto riesgo, urge un acuartelamiento de 1.200 efectivos de la policía la noche anterior; un desplazamiento de estas fuerzas armadas hacia el estadio para conformar los anillos de seguridad, antes, durante y después del juego. Personalmente calculo que se necesita más de un día para tal fin. Más de 24 horas durante las cuales gran parte de la ciudad y su área metropolitana, anfitriona del espectáculo estaría “descuidada” porque un tercio, aproximado, de estas fuerzas policivas tendría que proteger un solo sector o foco de la ciudad.
¿Y para qué sirve el nuevo Código de Policía?... Seguiremos





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