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La exhibición del poder

  • Por: Ulises Redondo C.
  • 30 mar 2017
  • 3 Min. de lectura

La vanidad y veleidad son connaturales al hombre. En las relaciones de poder estas se jerarquizan, se miden por niveles, escalas, estratos. Como manifestaciones “psíquicas”, la vanidad y veleidad son el fino papel que envuelve al poder.


A nivel competitivo, en las relaciones de poder, incluyendo las más altas esferas, la vanidad y veleidad, son el santuario del yo. El hombre poderoso es egocentrista por naturaleza, en tanto que la vanidad y veleidad se expresan como culto a su propio yo. En el altar del poder el rito proclive se hace para alimentar el ego, para alabar a quienes han endiosado su yo, tal vez sea mejor decir: Superyo.


En los círculos sociales del poder la competencia se mide en términos de vanidad y veleidad.



El emprendimiento de muchos hombres. La aventura, osadía, intrepidez, para amasar fortunas legal o ilegalmente, de manera salvaje o “civilizada”, tiene, muchas veces, su inicio en la vanidad y veleidad como acicates que punzan la iniciativa.


Cuando se toma el pulso a la historia, aparece el protagonismo de varios hombres que han liderado el desarrollo económico del mundo y dirigido el destino de muchas naciones poderosas. Pero cuando escrutamos en su semblanza nos topamos con que el contenido psíquico de su poder se erige sobre las columnas de la vanidad y veleidad.


En el lenguaje, el “yo” y el “mi”, pueden entenderse como: endiosamiento en primera persona y el “mi” posesivo, como expresión intensa del yo. Ampulosa exhibición del poder: “Yo soy el más grande”, “yo soy el más inteligente”, “yo soy el más rico”, “yo soy el más fuerte”, “yo soy el más astuto”, hasta “yo soy el más hermoso o hermosa”. “Mis riquezas” “mis mansiones” “mis haciendas”, “mi auto”, “mi aviones, yates, joyas”, hasta “mis mascotas, mi libro, mi lugar de vacaciones, mi discoteca, mi iglesia, mi amante, mi negocio, mis cirugías ornamentales”. Y también cabe: “mi” éxito por tu estupidez o “mí” fracaso por tu culpa.


Y desde la perspectiva de la cultura de la imagen, la cual se hace mucho más monolítica, hoy, en la Era digital, el Super-yo y el Super-mí, explotan la imagen para inculcar una serie de ideas que van a estar en función utilitaria del poder. La cultura de la imagen es el alfabeto de los engreídos, oráculo de los prepotentes, prohombres y preclaros.


Exhibir la posesión sobre personas y cosas es el alimento predilecto del ego. No obstante, y tal vez pobremente, los que se sienten inseguros de su personalidad. Los que sufren obsesivamente de complejos de inferioridad tendrán la necesidad de agregar más posesiones a las ya habidas, como el adolescente inmaduro que horada alguna parte de su cuerpo para colocar en ella pendientes, aretes u otros abalorios, con fines estéticos. Lo hace por presiones de grupo, pero con la creencia de que al ornamentar parte de su cuerpo, será mejor aceptado, más querido. Creerá que tiene más valor y por supuesto “sentirá” que su personalidad adquiere mayor estabilidad emocional.



Las grandes empresas nacionales y multinacionales compiten en el terreno del mercado. Los “sólidos” partidos políticos compiten en las urnas, los bancos y demás entes financieros compiten por la captación de dineros para luego sobrevivir parasitariamente por la colocación en el mercado del dinero ajeno. Pero, todos, magnates de grandes empresas, banqueros y líderes políticos también tienen tiempo para competir socialmente en los círculos cerrados de los clubes donde exhiben vanidosamente su poder y miden veleidosamente sus riquezas.


Los dueños de Odebrecht, que no es sólo su presidente Marcelito, preso en Brasil, y Gas Natural Fenosa, por ejemplo están exhibiendo vanidosamente su poder en sus exclusivos clubes sociales, y midiendo veleidosamente sus riquezas non sanctas con otros de su élite económica. Luego sobrevendrá la envidia, saldrá otra poderosa empresa transnacional con intenciones de “echar raíces” en Colombia para esquilmarnos. La misión no será imposible porque el terreno ya está abonado por “coimeros” y dirigentes políticos genuflexos, que también tienen sus niveles de competencia en sus clubes, donde exhiben poderes y riquezas mal habidas. Así pues, la forastera opresión económica seguirá aplastándonos y poseyéndonos con su sádico poder.

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