Cuando ´El Cura´ fue tesorero del Junior
- Por: Moisés Pineda Salazar.
- 3 ago 2016
- 4 Min. de lectura
No soy hincha del fútbol. Aunque disfruto, y mucho, los partidos de la Selección Colombia cualquiera que sea su versión y oportunidad. Mis hijos y mis sobrinos, entre los cuarenta y cinco y los doce años, se salen de casillas cuando en medio de los del Junior, que constituyen para ellos "una paridera", entro al recinto en el que se congregan, lanzando vivas al equipo contrario. Ellos saben lo que va a pasar pero no se han acostumbrado. Ni a mis güeseras, ni a ver perder al Junior, confinado en los segundos y menores lugares. Para evitar disgustos, las mujeres de la familia me advierten que los deje en paz, pues para esta muchachada lo del Junior es cosa seria. Tanto, como para mí lo son la religión y la política. Y es que el fútbol contemporáneo ha adquirido los visos de una especie de ´religión laica´. La última vez que asistí a un encuentro del equipo ´Tiburón´, en esa época no lo motejaban así, fue un domingo a las 3:00 pm, cuando se enfrentaba con el Cúcuta Deportivo. Pitaba el partido, el ´Chato Velasquez´. Cuando para entonces todavía Junior era un equipo muy pobre, el cura Jorge Pérez Gómez hacía las veces de Tesorero del Club. Por eso, la escuadra rojiblanca entrenaba en las canchas del Seminario Conciliar San Luis Beltrán y yo me embobaba viendo ejercitarse, durante aquellos años, a Efrain ´Caimán´ Sanchez, a Calixto Avena y a un turco, de poca estatura y de apellido Tarud. Como San Pedro, yo, que en cualquier otra posición "era más malo que el azul de pelotica" y como él, terminé siendo el portero, el goal keeper del equipo de la Compañía de San Luis Gonzaga y luego de la del Santísimo Sacramento, sin que la edad me diera la posibilidad de reemplazar a el ´Flaco Useche´, que lo era del de la de María Inmaculada. Así, pues, siendo un adolescente, emulaba con aquellos cancerberos de renombre, haciendo de arquero en los equipos que en el claustro jugaban campeonatos internos, todos los días, exceptuando los domingos. La mayoría dedicados al fútbol. En una sola de las jornadas se practicaba basquetbol y en otra, voleibol. No sé si era buen o mal portero. Lo cierto es que allí me ponían.
La afición por ese deporte me llegó hasta el día en el que el ´Pato Carvajal´, accidentalmente, me rajó la mano con una de las puntillas de metal que unía uno de los taches de sus tacos de fútbol, formados por la superposición de pequeñas capas de cuero. El clavo metálico que las unía había quedado expuesto, como un estilete. Sangre, hubo a tutiplén. Fueron varios los puntos de sutura. Desde entonces, me dediqué a fungir de arbitro. Ya para aquella, mi última asistencia a la liturgia dominical de la Calle 72, no portaba la rojiblanca que les vendía por docenas al resto de mis compañeros de claustro el turco Rabat en la Calle de Jesus entre los callejones de Ricaurte e Igualdad, sino el funebre vestido negro, con cuello albo, que lucíamos los árbitros de fútbol en aquellos días y que me había confeccionado mi mamá. El cura Perez Gómez, con su sotana blanca, luciendo una cachucha gris, se comportaba como si fuera el director técnico en aquel aciago partido que el Junior perdió con el equipo de la frontera. Corría a lo largo de la pista atlética, del lado de las graderías de sombra, donde todavía no mostraban sus mórbidas y voluptuosas formas, las porristas de hoy en día. Le increpaba a los jugadores; daba instrucciones a grito herido y puteaba al arbitro quien, a la segunda o tercera vez del madrazo, lo mandó sacar con la policía. Aquello ofendió a la gleba clerical que se sintió herida en lo más profundo del Concordato. La Policia no podía tocar al Cura. Y si esa decisión del referee enardeció a la mansa grey de los ´pax vobis cum´, es fácil de imaginar lo que significó para el resto de la hinchada que colmaba las instalaciones del Estadio Municipal. Perdiendo Junior, el arbitraje deficiente, las arengas del cura Perez Gómez y la rabia de los fanáticos, incluido la del centenar de Seminaristas ubicados en las tribunas de sol, convirtieron aquella vespertina futbolera en una asonada con incendios, heridos, contusos y detenidos. Al Chato y a la escuadra cucuteña, los sacaron en una patrulla del ejército. Un mes después, el cura Pérez y el ´Chato Velásquez´, se reconciliaron en medio de una tensa tenida de carnes y de cervezas en "Mi Vaquita. El lugar de su cita." Yo no volví más al Coliseo de la 72 a ver jugar al Junior. De allá acá han pasado muchos años, casi cincuenta. La pasión sigue siendo la misma, más jodidos los desmanes y más sentida y compleja la identidad que el Junior y el Vallenato le proveen a la Región Caribe. Eso, ese complejo de patrimonio, cultura y emoción, Fuad Char Abdala, parece que no lo entiende pues maneja el equipo como si fuera una troupe de de payasos o la plantilla de una de sus súpertiendas en las que entran y salen cajeros, vigilantes, aseadoras, coteros, sacamicas, turiferarios, y surtidores de fruver según lo indiquen la conveniencia o el estado de ánimo del administrador de la quincalla. Eso es lo que dice la mayoría de la gente, a la que él no escucha.





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