Cuando la estupidez se establece en el poder
- Opinión. Por: Alfonso Suárez.
- 2 dic 2015
- 3 Min. de lectura
Nada difícil inferir que la estupidez del ser humano (sobra decir”humano”, porque solo él puede ser cretino), por su misma esencia es mucho más peligrosa de lo que ciertamente aparenta, entre otras cosas porque el individuo lúcido ejercitándose en la reflexión, subestima la cantidad de obtusos que revolotean a su alrededor capaces de distorsionar su entorno y consecuentemente su visión.
La naturaleza impone criterios muy por encima de los culturales, por ello un estúpido tiene ese sello personal, tal como el del color de piel, tipo de sangre, ojos o cabello, que no compiten para nada con el nivel educativo ni está más acentuada según el estrato socioeconómico. Los pendejos (estúpidos) existen en la misma proporción en todos los niveles, aunque sea difícil de aceptar.
Su comportamiento irracional siempre amenaza aventureramente a las personas racionales, porque sus agresiones antisociales carecen de estructura lógica e imaginable, resultan lesionando a otros o a ellos mismos sin ganancia, diferente del mostrado por el malvado, que siempre tendrá un plan para causar daño y existirá predeciblemente una acción para contrarrestarlo.
Un incauto creería que un estúpido se hace daño a sí mismo, error de inexperto, puesto que el accionar del pendejo precisamente no establece previamente utilidades, le confunde y hace que el inteligente lo menoscabe o que el malvado ejecute sus planes a sabiendas del siniestro golpe intencional que causa.
Muy fácil observar éstos cuatro comportamientos humanos en los dirigentes de países dinamizados por la religión, política o la sociedad impregnados de soberbia, corrupción o injusticia general que les divide, clasifica o discrimina en su condición humana.
Así que, cuando los estúpidos entran en escena y participan en la dirigencia del Estado apuntalados en corrupción e ignorancia connivente con sus mismos electores, el panorama democrático y libre cambia ostensiblemente, mostrando como la riqueza se destruye y la misma sociedad se arruina envilecida por el cambio de paradigmas éticos y morales que amparaban los principios y valores formales de la sociedad.
Históricamente se ha visto que la sociedad integradora del país está compuesta por muchos estúpidos y malvados capaces de hacer retroceder la economía, pero cuando hay suficientes personas inteligentes en el poder es también notable el desarrollo general, incluso para la gran mayoría de incautos que conforman la masa de indiferentes e indolentes con las trasformaciones sustanciales que se van institucionalizando.
Haber permitido, legitimado y aprobar la configuración de maniobras destructivas por parte de los estúpidos, conducir á inexorablemente al país al deterioro progresivo de sus corporaciones y al empoderamiento de los malvados, conscientes y determinantes en los daños que causarán a la sociedad.
Con esto se determina técnica y filosóficamente que los estúpidos en buen numero están dirigiendo el país mientras los malvados están al acecho usufructuando medidas de protección y disfrutando de ganancias preconcebidas perversamente, en tanto los contados inteligentes arremeten esgrimiendo argumentos para defender y promover la democracia y la conservación de los principios y valores fundamentales que aseguren la convivencia y felicidad de la gran mayoría de incautos amontonados paquidérmicamente en potreros de indolencia e indiferencia.
Solo un acto perspicaz y penetrante de los inteligentes se perfeccionará, expulsando a los estúpidos de la dirigencia social y controlando a los malvados, para evitar abusos y detrimentos a los incautos que aun así, permanecerán en la apatía.
La estupidez en el poder es el precio que paga la nación por desentenderse de la política, permitiendo así que gobiernen los peores.
alfonsosuarezarias@gmail.com @SUAREZALFONSO





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